Fernando

                              Se llamaba Fernando. Era moreno, de recia barba y ojos brillantes compo la luna llena. Su voz apenas gritaba a cada instante, mientras tiraba piedras a las cabras que iban hacia donde él no quería que fuesen; “¡Toó, Avelina, tíra payá!”

Era un sencillo cabrero que iba monte arriba y monte abajo, con sus cincuenta cabras y, un borrego que debió ser blanco al nacer.

Cada cabra tenía su nombre por el que las llamaba con un irritante cariño. Su voz sonaba en el seco monte con un; “¡Pintá, sigue palánte! ¡Quebrá, mira que te voy a matá!”

Desde el alba hasta el anochecer, Fernando seguía a cada una de sus cabras con intensa, pero apática mirada. Conocía cada movimiento, cada maña, cada gusto, cada respiro de sus cincuenta cabras andaluzas, que eran su vida cotidiana. Fernando decía al mundo que, nadie ni nada, cambiaría su aireada vida. Mientras decía esto, miraba al mar allí abajo, tan bajo que, un mal pie sobre la tierra, le hubiese hecho rodar hasta la muerte. pero como sus cabras, era él de agil; “¿Verdad que sí, Negra?” Y la Negra lo miraba con inexpresivos ojos mientras rumiaba una hoja de higuera. Con ellas hablaba de sus sueños y su canto de libertad. También de sus desventuras y sus incomprensiones, que ellas entendían dentro de su mutismo.

Su recia mano seapoyaba sobre una derecha y ruda rama de árbol, que él mismo talló como un bastón. Con esta, dibujaba en la tierra, hacía señales a las cabras, tiraba piedras como si fuese un palo de golf, juego que no conocía ni de nombre y, le servía de descanso al apoyarse en él. Fuera de sus cabras, su bastón bastón era su otro compañero en el campo.

Las luces empezaban a encenderse, cuando Fernando y su piara de cabras, entraban en el pueblo, cruzando estrechas, toruosas  y blancas calles. Una moto con su ruido, hizo la visión biblica, entrar en el siglo XXI . Las cabras no tienen tiempo en la historia, el tiempo es el mismo siempre, pasen los siglos que pasen, ellas pasarán o no se moverán, delante de la gente, los caballos, los coches, los tanques y las motos…

Su casa estaba en una empinada y asfaltada cuesta, único sitio donde las cabras resbalan al subir o bajar. La puerta de dos hojas, tenía una solamente abierta cubierta con una cortina hecha de pequeños trozos de plático de colores, para apartar las incansables e impertinentes moscas que pretendían entrar dentro. El corral, estaba detrás de la casa. Al lado de este e incorporado al mismo edificio de dos plantas, estaba el bar. Fernando tenía un negocio, porque como él mismo decía, las cabras solo eran su ocio.

El bar era una habitación grande con un mostrador largo y luces de neo en el techo. Unas cuantas mesas y sillas de aluminio, componían todo el mobiliario, dando un aspecto muy poco acojedor. Aurora, la mujer del cabrero, llevaba el negocio de vender vino con tapas de morcilla y pescaito frito a los pescadores y campesino que allí llegaban antes de irse a sus casas, hablando de sus cosas y de las de otros. Detrás del mostrador, como soldados en fila, estaban las botellas que un día tuvieron autenticas bebidas y ahora, a fuerza de llenarlas de anis, ron o lo que fuese, estaban manchadas e irreconocibles.

Una vez entradas las cabras en el corral por la noche, dado un puñado de sal y un cubo de agua, para que dieran más leche y, el frustrado macho cabrío, con su peto de cuero en la barriga y atado a un hierro junto a la pared, pasaba Fernando, al ritual de  su propio aseo y luego a trabajar por una horas , remplazando a su mujer.  Un vaso de vino, le aclaraba la garganta de su silencio campestre y los gritos al día, mientras hablaba con los rudos clientes o miraba la televisión sobre una tabla clavada a la pared,  donde funcionaba practicamente, todas las horas que el bar estaba abierto.

“Fernando, deja las cabras, hombre, los niños apenas te conocen ya, y yo te necesito. Estoy harta del bar, de la cocina, del olor del vino que se agria bajo mis pies, del pescado, de las risas y las voces, que no son tuyas. Hazme caso, déja el monte, las cabras y vente conmigo a vivir como cualquiera, mientras brilla el sol, juntos. Soy esclava de tu libertad.”

El brazo de Aurora acarició el desnudo pecho de su marido que, con un suave empujón, se le acercó mientras cubría ambas cabezas con las mantas, en la fría noche del invierno. Aurora sintió la aspera mano del hombre entre sus muslos que, se abrieron más por costumbre que por deseo.

Al día siguiente, volvió al monte y, al otro y, al otro. A ella, le sobraba la rabia y, le faltaban las fuerzas para llevar el matrimonio a solas. A él, le sobraba el silencio y le faltaba aun más libertad. Allí en los montes, el infinito azul del cielo andaluz, era todo suyo. El viento era su música, junto a la que silbaba haciendo coro. Los salvajes matorrales que rozaban sus pantalones de pana y arañaban sus recios brazos, eran las únicas caricias que esperaba con ansiedad cada mañana al despertar, a esa otra nueva aurora.

 

MaLuisa SChaves

 

 

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