La leedora

                   Nació junto al Mediterraneo, rodeada de montañas y valles. Un pueblo blanco por fuera y negro por dentro…¡Tantos lutos hubo en aquellos años ! El pueblo tenía también, la contagiosa enfermedad de la pobreza, igual que en otros hubo. El hambre de estómago y la pobreza de mente que surge haciendose palpable a lo no existente.

    Venían en verano, “los forasteros,” como llamaban a la gente del pais o cercanas ciudades. Venían en el verano, “los franceses,” como les llamaban a cualquier extranjero fuera del pais. Ambos volvían por algunos meses, otros se quedaban para siempre, hasta tener lápidas en el cementerio. Los pobres de allí, con su pobreza acuestas, eran los más libres, libres sociales, libres de religión y, libres de libros. Nadie sabía leer. Entre los que fufrían la enfermedad, había una niña de unos siete años, espabilada y raquítica que, en verano iba descalza y en ivierno calzaba albarcar hechas de goma de ruedas de coche…Esta niña, “leía” libros, poniendolos lo mismo para arriba como para abajo, le daba igual, no sabía leer tampoco, pero su fantasía daba reto a “su lectura,” llena de un “gran” para todo. El gran coche. El gran castillo. La gran flor…La oíamos leer fascinados ante su imaginaria lectura. De vez en cuando, llegaba ella a la farmacia del pueblo bajo la vigilancia de “la gran señora” y dueña de ella. La pequeña leedora con sus grandes historias, atraía a todo el mundo entre risas, diversión y admiración.

   En el tiempo aquel, to era “pecado y mala palabra,” imposible de aceptar por los que no eran tan libres. Aquella niña ignorante, ignoraba por completo las reglas sociales y religiosas del momento de aquella tierra dañada en sus miopes mentes, que ella se los pasaba a la torera.

   Así fue como un día, al pasar el señor cuara parroco del pueblo, por la calle, lo llamaron desde dentro de la farmacia.

   “¡Venga D. Francisco, venga!”

   D. Francisco era de una regidéz extrema en sus dogmas a las almas pecadoras que bajo su juridición eclesiastica estaban. Su sotana negra, bien plachada por “su sobrina,” dibujaba una voluminosa barriga de buen vivir. Típica estampa de cura en los años cuarentas en el siglo veinte. “La leedora,” así la llamaban sin ocuparse de saber su verdadera nombre de pila, estaba leyendo a un paqueño grupo de jovenes dentro de la botica, o farmacia.

  ” ¡D. Francisco, pase, pase!” Le rogaron. “Oiga a la niña leedora que, sin saber leer y con “gran” imaginación, en un periquete le cuenta una historia muy bonita.”

   D.Francisco, dando su regordeta mano a besar, a todos, entró como el que hace un favor, entrar a su arrogante figura, esperando ser regalado con lo que inventase “la leedora.” La farmaceutica, sacó de pronto un  misal, que nadie supo donde estaba ni tenía, dándoselo a la niña. Ella, premiando su sabiduría a aquel grupo de “escuchadores,” tomó el misal poniendolo boca abajo. Alguien quiso ponerlo derecho, pero ella, lo había puesto así y, así se quedaría. (Fuerte estampa) Empezando con voz firme.

   ” En la gran casa de la señora, que tenía un gran jardín y un gran perro bueno para la caza, entró el “gran” cura de la gran iglesia que había en el pueblo, donde él conocía a una gran puta…”

   Ahí salió una oscura exclamación de horror y sorpresa del Sr. cura, recogiendo las gafas que habían ido a parar a las faldas de su “gran” negra sotana. Todos pidieron disculpas menos “la leedora,” que libremente no comprendía por qué ese escándalo, cuando ella ese día se esmeró con su cuento tanto. D. Francisco levantándose dando la bendición a todos, miró a la niña con desdeño saliendo de la botica, donde el ambiente se había putamente calentado.

MaLuisa SChaves

2016

 

 

 

 

 

 

 

 

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Padre Nuestro

Nosotros, míseros pedigueños con la mano extendida hacia el amor infinito del Padre Nuestro, el que se fija en nosotros, el que vela por nosotros, el que nos dará el pan nuestro de cada día, el que perdona nuestras deudas, aunque nosotros no perdonemos a nuestros deudores…Y así y así esperamos los miserables de este mundo al dar a cambio…¡nada! en la esperanza de siempre recibir a manos llenas lo mejor que deseamos en avaras oraciones a ese Padre Nuestro y celestial que, aun sin saber de su existencia, seguimos suplicantes, arrogantes, traficantes de egoismos, en ese ego sum que nos delata en el rosario pedigueño, de cada día y cada noche.

 

Luisa SChaves

 

Cuando me vaya

Cuando me vaya,

recordarme por lo que os amé,

por mi boca que reía

y mi corazón que daba.

Por mis ansias de vida

y mis dudas al mañana.

Por mis versos y mis besos,

por mis metáforas y mis filosofías.

Por lo que desee ser

y se quedó sin hacer.

Por mis brazos que os abrazaron

y mi corazón sin desamparo.

Por lo demás…¡Olvidarlo si podeis y perdonarme si quereis!

 

 

 

 

 

Escribir

Estás ante una página de papel en blanco y te preguntas. ¿Y ahora qué?  ¿No decías que sabías el arte de escribir? Vamos, vamos, te “colaste por media entrada” y ahora estás mente en blanco ante lo blanco del papel. Tanto que decir y nada que decir. Tanto que aprender, te dices, mientras la mente da vueltas en la vorágine de pensamientos que, como un avispero, zumba sin picar a nadie. Escribir, se escribe,  pero las líneas están en tiempo de pausa. Son las mismas cosas con diferentes tonos que salpican con tinta el aburrido decir del no decir. Cuando la vida es trágica, la mente vigila en la oscuridad de la luz que sella todo ese campo de inspiración y desafío. Acechas en silencio, con miedo a la palabra que el viento escucha. Una letra tras otra, haciendo línea, da a un pensamiento, la sombra y la figura. Ahora se percibe. Ahora surges de la nada invisible que la luz acurrucada dibuja  sin cordura. Escribir…¿Escribir, para qué, para quién?

 

MaLuisaSChaves

Amigo Alfredo.

 

Amigo Alfredo,

leedor de pensamientos,

volátil en la voz y en la palabra,

tan religiosamente sutil

en lo bien dicho,

sin decir nada

desde el empolvado nicho.

Retengo recuerdos

en cofres medio abiertos.

Retengo los muebles,

las flores secas

y los libros, ¡ay, los libros!

Porque hubo un nombre,

una cara, una voz

detrás de ellos que,

aún retumba el amor que les tuvimos

Galaxia de retazos

El letrero luminoso decía; “Donde se acomodan tus sueños.” Entró en la tienda mirando a su entorno. Camas se acumulaban a ambos lados verticalmente. Tal vez así serían sus sueños desde entonces. Verticales. Imposible dormir. ¿Soñar? ¡Quien sabe! Se acomodó de pie sobre la cama entre el letrero y la luz. Cerró los ojos y sin dormir, empezó a soñar con un cómodo horizonte vertical de carretera interminable.

Poesia/Narraciones